domingo, octubre 01, 2006

JAIR

En la flor de su adolescencia empezó a tocar la guitarra, sacando de sus cuerdas extrañas melodías que tenían el poder de transportar a todo el que lo escuchaba a un mundo mágico en el que jugaba con las notas y acordes recordando episodios de aventuras fantásticas, haciendo olvidar los problemas que a veces acorralan.

Pero no tocaba solo por gusto, pues a los diecisiete años tuvo que ingeniárselas para sacar adelante a su madre y hermano menores, ya que su padre falleció dejándolos desamparados y siendo el mayor asumió la responsabilidad de mantenerlos.
Sus días transcurrían entre la escuela, tareas, música y camiones, los cuales utilizaba como foro y para recolectar algunas monedas, que nunca eran suficientes para pagar las cuentas del hogar, así que poco tiempo después abandonó los estudios. Poco a poco su carácter fue cambiando, se volvió huraño, sus amigos día a día lo frecuentaban menos; él dándose cuenta de la situación se desesperaba y buscaba sin conseguirlo un refugio a su soledad.

Sus canciones se volvieron deprimentes, de vez en cuando conseguía algún ínfimo trabajo que debido a su rudeza curtía su piel y le hacía brotar ampollas en las manos.

Un día mientras regresaba agobiado por la larga jornada escuchó un llamado que lo incitaba a adentrarse en un espeso monte cercano a donde vivía, extrañado se detuvo y vacilante se internó en el denso follaje, buscó por horas al emisor de aquél sonido, más no encontró a nadie, convencido de que todo había sido producto de la imaginación y el cansancio abandonó la búsqueda y se fue a su casa.

No hizo comentario alguno respecto a lo sucedido, pero todos los días después de su trabajo volvía al paraje aquél, se quedaba horas ahí, hablando y riendo entre moras, adelfas e higuerillas, testigos mudos de todo.

Tiempo después conocí a Jair, comenzamos a salir al poco tiempo, platicábamos durante horas y nos divertíamos muchísimo, en general nos llevábamos bien y pocas veces peleábamos, más una noche en que discutíamos de manera acalorada sin más abrazo su guitarra y echó a correr hacia su paraje; le seguí tropezando con ramas y piedras, hasta poder alcanzarlo, lo llamé, se volvió hacía mí llorando y pidiéndome que me fuera y suplicando mi perdón, trate de acercarme y abrazarlo, pero el me rechazó diciendo que no debía estar ahí, asustada retrocedí unos pasos y dije – Te quiero Jair, no seas tonto, volvamos a tu casa; él retrocedió aún más y respondió que debía irse, acto seguido empezó a proferir frases incomprensibles; al tiempo que sonreía dio media vuelta mostrando ante mis incrédulos ojos a un personaje de piel verde y rugosa, vestido con unos pantaloncillos rojos y una camisa blanca que parecía haber sido tejida por laboriosas arañas, usaba un extraño sombrero en cuya copa tenía tres cascabeles, llevaba también unos zapatos que a pesar de las condiciones del lugar lucían impecables.

El hombrecillo me miraba y sonreía irónico, de repente la guitarra emitió una bella y suave música que me hizo recordar el canto de los cenzontles; enseguida la maleza se abrió a sus espaldas ofreciendo a mi vista una gama de colores y paisajes tan exquisitos que no podía dar crédito a tal visión.

Volteé hacia Jair, quién tan sólo pronunció- Te amaré siempre. Y acto seguido se alejó corriendo para no volver de la mano de su duendecillo verde.







Joana Satán
18/ Junio/ 1999
02/ Septiembre/ 2006