martes, julio 03, 2007

PROMESA




Te prometí un cuento amiga, te entrego una historia desangrada, sin cuerpo, ni espacio para alojar los recuerdos.

¿A dónde envío los años de mi vida a tu lado, tantos besos y tantos planes a largo y mediano plazo? ¿Es acaso que hay una celda especialmente construida para confinarlos en el basurero o un incinerador para las ilusiones?

No dolió el engaño, si no más bien el abrir los ojos, las velas le dieron un aire de velorio a la cena en la cual se llevo a cabo la confesión.
- No te quiero, dijiste. No lo esperaba aun cuando en lo más recóndito de mi ser era una verdad con la cual convivía a cada instante.

Las horas continuas de ausencia, el abandono en el cual se sumía todo cuanto nos rodeaba, las nubes espesas de la rutina nublando mi sexto sentido, ¿Cuántas veces me engañaste? ¿Cuántas veces me engañe a mi misma? Ni la psicología, ni el alcohol tienen la cifra exacta. Morí esa noche y renací al día siguiente como un ser implacable, con espinas en el lugar dónde antes sentía mariposas, mi corazón ya no late, se contrae al ritmo que le dicta el dolor, ese nuevo sentimiento que me acompaña al café, al trabajo, con el cual duermo y despierto y al cual he bautizado con tu nombre.
Y no es que me hayas dejado sola, pues sola he estado desde que estamos juntos, desde que comenzaste a reciclar las frases que decías a tus amantes sin sexo, desde que compartiste ese cuerpo y esa boca de la que nunca tuve exclusividad a pesar de haber firmado un contrato y haber cumplido al cabo la parte que me correspondía. No fue haber dejado en un pedazo de este infierno disfrazado de paraíso un amor que se moría de ayer.

Quizá lo que duele es verte respirar el mismo aire que yo respiro, el saber que soy a pesar de no ser tuya, que el tiempo arremete contra el despojo de nuestra materia, que sigues de fiesta como si fueras un niño y no caes en cuenta que solo eres un parásito, el gato que no dormirá a los pies de mi cama. La soledad con su aliento sentada ante mi en el comedor, la que palmea mi espalda y me platica de muerte y agonía, pero de una muerte que es tuya, pues no soy la única que ha perdido el pulso en esta contienda, tu estás más muerto y podrido que yo, cómo más podría explicarse la manera en que te conduces, ese mirar vacío, el olor a fetidez que has dejado, lo sé y estoy segura, porque de no ser así no hubieras acabado en este cuento ni yo identificando cadáveres en la morgue de mi alma para sepultarlos sin luto alguno debajo del cuerpo de otro hombre.


02/07/07
Joana Satán